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Publicado el nov 6, 2012 en Relaciones | 0 comentarios

Culturas distintas. El hombre venezolano

Las relaciones siempre requieren trabajo e inteligencia. Las diferencias entre hombres y mujeres hacen que el amor no sea suficiente para gozar de una experiencia de pareja exitosa; obligan a entender y aplicar con cierta habilidad los conocimientos que se van adquiriendo con la experiencia y, sobre todo, a saber escuchar e intentar comprender al otro. La situación podría complicarse si la pareja está formada por personas de distintos países, una realidad cada vez más común en el globalizado mundo actual.

Un estudio titulado “Transnational Marriage. New Perspectives from Europe and Beyond”, de Katharine Charsley y publicado por la editorial Routledge, asegura que este tipo de relaciones son cada vez más frecuentes: “Los matrimonios y relaciones que cruzan las fronteras no son un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más frecuente. El matrimonio ha sido hasta hace pocos años un campo descuidado en los estudios migratorios, pero en Europa cobra cada vez más importancia”. Por su parte, el diario “Shanghai Morning Post” se hace eco de un estudio que duda del éxito de estas relaciones: “Muchas parejas internacionales se casan demasiado rápido, sin aprender lo suficiente sobre la cultura del otro, con el resultado de un divorcio”.

Quizás sea cierto que, si ya se requiere esfuerzo y mucha inteligencia para mantener una relación de pareja sana, esto se intensifica si se trata de personas de países diferentes. Aunque, todo hay que decirlo, si hay comprensión mutua la experiencia puede resultar enriquecedora y, muchas veces, bastante divertida.

Miriam y Villan son una pareja que reside en Barcelona. Ella es catalana y él, venezolano. Ciertamente no se trata de culturas tan dispares, como podrían serlo otras que están distanciadas por temas religiosos o idiomáticos, pero es interesante escuchar sus experiencias como pareja para adentrarnos un poco más en este curioso tema. Lo primero que destaca Miriam es el tema de la alimentación: “Aunque es verdad que de pronto te ves comiendo más arepas que en el resto de tu vida, lo que sorprende más es la manera de comer más que las propias comidas en sí. Nosotros tenemos primero, segundo y postre. Los primeros son arroz, pasta, verdura, ensalada y los segundos carne, pescado y otros. Cuando Villan cocina, siempre hace lo que para mí serían cuatro primeros (ensalada, judías, arroz y un tomatito) y luego su correspondiente segundo. Con lo cual, en dos días ya hemos agotado las variedades de mis primeros de la nevera”, explica divertida.

Mención aparte merecen las confusiones provocadas por el idioma: “Las palabras generan confusión. A veces me convierto en la traductora de Villan cuando le dice a alguien ‘tranca’, refiriéndose a cerrar la puerta. Aquí ‘tranca’ es lo que sería ‘pene’ y parece que le esté gritando al susodicho ‘¡pene, pene!’. Generalmente la persona pone cara de estupefacción, a lo que Villan insiste en gritarle que tranque”, relata. Una situación similar se generó en la última mudanza de la pareja: “Para empezar, nosotros llamamos ‘muebles’ a todos los muebles y no sólo al sofá, como hacen en Venezuela. Si le sumas a eso que para nosotros ‘pararse’ es mantenerse quieto (y no levantarse, como es para Villan) puedes imaginarte el caos cuando piensas en Villan gritándole ‘¡páralo!’ a la gente que subía los muebles”. Él quería que el hombre pusiera el mueble en una posición vertical, pero lo que se entendía era que estaba pidiéndole que se quedara inmóvil. “Yo también me he quedado paralizada a veces cuando Villan me pide que me pare, pero él lo que quiere decirme es que me ponga de pie”, concluye.

Sin embargo, las palabras no producen únicamente confusión, como bien admite Miriam: “También ayudan a enriquecer mi propio lenguaje. Nosotros no tenemos tan arraigada la expresión ‘me provoca’… ‘me provoca un chocolate’, ‘me provoca una arepita’ y cosas así. Y yo ahora la uso porque define realmente la sensación que tienes frente algo que te ‘provoca'”, admite.

Otro punto importante es el de las costumbres o formas de vida distintas. “En la manera de comportarse, sí que se nota un poco el carácter caribeño, más cercano al carpe diem. Aunque España tampoco sea famosa por la puntualidad o la palabra, sí que suele ser suficiente con convocar una reunión con una semana de antelación, sin necesidad de recordarlo más veces. Creo que en Venezuela se estila más un ‘te aviso un poco antes’ pero ‘te lo recuerdo el mismo día’. En la organización cuesta, pero también te hace vivir más intensamente cada momento y ser más consciente del hoy que del mañana, cosa que es muy positiva”, reflexiona Miriam.

Por la experiencia de esta pareja, parece que es perfectamente posible llevar una relación sana y llena de amor cuando somos de países y culturas distintas. Así lo concluye la propia Miriam, que ve en primera instancia las cosas buenas: “Es muy positivo poder conocer más sobre un país que antes simplemente ‘estaba lejos’, cuya gente ‘es muy novelera’ y cuyas mujeres ‘son las más guapas’.  Ahora me veo capaz no sólo de reconocer a alguien por su acento venezolano, sino incluso de determinar de qué zona de Venezuela es. Antes ni sabía prácticamente que Venezuela tenía zonas”.

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